martes, 18 de mayo de 2010

Loïc Wacquant - Parias urbanos

Si en Las cárceles de la miseria se propuso derribar el mito de la "tolerancia cero", en Parias urbanos hace lo propio con la falacia de la "infraclase". Con tal fin, estudia las causas que conducen a la construcción de un hipergueto, para lo cual describe el cambio que se produjo en el gueto negro norteamericano a partir de los sesenta. Asimismo, establece un paralelismo con la situación de la banlieue francesa. Como método de estudio, sugiere la teoría del "proceso civilizatorio" de Norbert Elias, que concibe al gueto como un sistema de fuerzas dinámicas que unen a agentes situados en su interior y exterior. Dentro de las causas económicas, a las que no considera las más determinantes, destaca la aparición de un nuevo tipo de pobreza, a la cual llama "marginalidad avanzada", señalando las alternativas para combatirla. Finalmente, se refiere al fenómeno de la criminalización de la inmigración que se lleva a cabo en Europa, a imagen y semejanza de lo que ocurre con los negros pobres en Estados Unidos.

El punto de partida de este análisis será el de los factores externos que reconfiguraron el territorio social y simbólico dentro del cual los residentes del gueto se (re)definen y hacen lo propio con la colectividad que forman, y sólo se ocupará indirectamente de la producción interna de su orden y conciencia sociales específicos.
Wacquant sostiene que las causas de la "hiperguetización" de las áreas céntricas comprenden un conjunto de factores económicos y políticos que refutan el argumento pueril de la infraclase. Cita a Alejandro Portes quien sostiene que "el grave error de las teorías sobre los barrios bajos urbanos ha sido transformar las condiciones sociológicas en rasgos psicológicos".
Las causas económicas incluyen: la mutación de una economía norteamericana cerrada, integrada y dirigida a un mercado uniforme, a una más abierta, flexible, descentralizada, de patrones de consumo diferenciados; el cambio en la estructura de los mercados laborales, que no fue sino el resultado de la decisión de las empresas norteamericanas de obtener mayor rentabilidad a partir de la reducción de sus costos operativos, lo que redundó en una menor protección en la seguridad social; y la mudanza orientada hacia el sector de los servicios, en detrimento de las ocupaciones laborales que requieren menor capacitación, más accesibles a los negros y a los pobres.
Pero las razones económicas por sí solas no pueden explicar lo ocurrido en el gueto. El factor central de su decadencia es la segregación residencial de los negros. A ello, debe sumarse el hacinamiento en las viviendas públicas en las zonas más pobres, la retracción del Estado de Bienestar y el recorte selectivo de servicios públicos.
Concluye en que la declinación actual del gueto norteamericano de debe a la decisión de no proveer a su sostenimiento económico junto a políticas habitacionales y urbanas que deliberadamente encerraron a los negros en las áreas céntricas más pobres. Frente a aquellos análisis de las áreas céntricas que tienden a soslayar la cuestión de la raza, Wacquant afirma que "la perpetuación del gueto es ante todo y principalmente una expresión de la perpetuación de la línea de color urbana".

A la pregunta de si la pobreza europea se está norteamericanizando, responde que de sus estudios en el gueto negro norteamericano y en la banlieue francesa surge que ambos tenían una población declinante con una estructura etaria y de clase asimétrica, caracterizada por una preponderancia de los jóvenes, los trabajadores manuales y el personal de servicio no calificado, y que albergaba concentraciones de minorías (negros por un lado, inmigrantes norafricanos por el otro) que mostraban niveles inusualmente elevados de desocupación provocado por la desindustrialización y el cambio en los mercados laborales. A su vez, esta comparación puso en evidencia diferencias estructurales y ecológicas que sugieren que se trata de dos formaciones socioespaciales diferentes, producidas por distintas lógicas institucionales de segregación y agregación, y resultantes en niveles significativamente más altos de pobreza en el gueto. Simplificando mucho puede decirse que la exclusión actúa sobre la base del color y es reforzada por la clase y el Estado en el gueto norteamericano, mientras que en la banlieue obrera francesa opera sobre la base de la clase y mitigada por la acción estatal, por lo cual resulta que el primero es un universo racial y culturalmente homogéneo que se caracteriza por una densidad organizacional y penetración estatal bajas, en tanto que el segundo es esencialmente heterogéneo en términos de clase y de raza, con una fuerte presencia de las instituciones públicas. Las cités francesas no son guetos si con ello nos referimos a una formación socioespacial racial y/o culturalmente uniforme basada en la relegación forzada de una población negativamente tipificada a un territorio específico.

El autor advierte sobre la difusión de nuevas formas de desigualdad y marginalidad urbanas en todas las sociedades avanzadas del occidente capitalista. Mientras que antes, en las metrópolis occidentales, la pobreza era en gran medida residual o cíclica, estaba fijada en comunidades de clase obrera, era geográficamente difusa y se la consideraba remediable mediante una mayor expansión del mercado, hoy parece ser permanente, está desconectada de las tendencias macroeconómicas y establecida en barrios relegados de mala fama donde el aislamiento y la alienación se retroalimentan a medida que se profundiza el abismo entre las personas allí confinadas y el resto de la sociedad.
Cualquiera sea la etiqueta utilizada para designarla -"infraclase" en Estados Unidos e Inglaterra, "nueva pobreza" en Holanda, Alemania y el norte de Italia, "exclusión" en Francia, Bélgica y los países nórdicos-, los signos reveladores de la nueva marginalidad son inmediatamente reconocibles: hombres y familias sin hogar, mendigos en los transportes públicos, comedores de beneficencia llenos no sólo de vagabundos sino también de desocupados, el auge de las economías callejeras informales y muchas veces ilegales, entre ellas el comercio de la droga, el crecimiento de la violencia etnorracial, la xenofobia y la hostilidad hacia los pobres y entre ellos.
La nueva marginalidad urbana no es el resultado del atraso o de la declinación económica, sino de la desigualdad creciente en el contexto de un avance y una prosperidad económica global.
Ensayando posibles soluciones a la situación descripta, Wacquant apunta a una reconstrucción fundamental del Estado de Bienestar que adapte su estructura y sus políticas a las condiciones sociales y económicas emergentes. Señala necesaria la adopción de medidas radicales como el establecimiento de un ingreso incondicional subsidiado al que llama salario de ciudadanía, que distingan entre subsistencia y trabajo, garanticen efectivamente el acceso universal a la educación y a bienes públicos esenciales como la vivienda, la salud y el transporte, a fin de difundir los derechos sociales y detener los efectos perjudiciales de la mutación del trabajo asalariado.

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